19 octubre, 2012

APUNTES SOBRE EL GÉNERO MASCULINO







En esencia 
los hombres son unos mandriles
sólo mandriles

y nada más que mandriles


Créanme, sé de lo que hablo
Hay evidencia empírica
Voy a sus baños
Escucho lo que conversan 

Los veo salir de allí sin lavarse las manos

Todos los hombres
son
unos mandriles

Yo

tampoco


08 enero, 2012

AMAR ES VER



(Fotografía y texto: Mauricio Feller)

Desde pequeños, la literatura, la televisión, el cine y las historietas nos han presentado a los científicos como unos señores de aspecto bastante singular, de preferencia dotados de abundantes y caóticas cabelleras, que suelen pasearse nerviosamente entre microscopios y tubos de ensayo llenos de extrañas y bullentes sustancias. Difícilmente podemos asociar la idea de un científico con la de alguien que se dedica a investigar temas con rostro abstracto, como el amor, la confianza, la colaboración y el respeto mutuo.

Tras estudiar los procesos de visión de colores de las palomas, el doctor Maturana derivó en la investigación de los fenómenos de la percepción y organización de los seres vivos, desarrollando el concepto de “biología del conocimiento, un enfoque completamente nuevo según el cual la vida es un proceso de conocimiento que se da en el vivir en congruencia con el medio.

Una de las consecuencias más notables de las contribuciones de este biólogo doctorado en la Universidad de Harvard y Premio Nacional de Ciencias 1995 es la demostración de que mente y cuerpo no existen en forma separada. Para Maturana, la mente ni siquiera tiene una localización específica en el cerebro, sino que es un fenómeno propio de las relaciones que nuestro organismo establece con el medio.


Usted ha dicho que no pretende introducir el amor como un elemento filosófico o religioso externo al dominio de la biología, sino algo que encontró allí simplemente porque ya estaba. ¿A qué se refiere exactamente cuando habla de “biología del amor”?.

No es que sea un hallazgo específicamente mío. Basta que usted mire a los animales para que se dé cuenta que efectivamente existe el amor como fenómeno propio de la vida, lo cual es válido tanto para las arañas como para los organismos más complejos.

Ahora, como fenómeno propiamente biológico, si usted mira las circunstancias en que hablamos de amor y de todas nuestras emociones, hallará que siempre hacemos referencia a una manera de relacionarnos y a una conducta referida a esa relación. Es por ello que hablar del amor es hablar de conductas relacionales, a través de las cuales el otro surge como legítimo en convivencia con uno.

Fíjese usted cuando los niños llegan a la casa y le dicen a la mamá: “el profesor no me quiere porque nunca me ve cuando levanto la mano”. El ejemplo nos sirve para entender que el amor está siempre relacionado con el hacer.

En el amor uno es visto; en el amar, en cambio, uno ve. Y esto tiene efectos muy importantes sobre nuestra vida cotidiana, puesto que si uno quiere conducirse de modo que el otro pueda surgir en su legitimidad, es también uno mismo quien surge como legítimo con el otro. No es extraño que la mayor parte de las quejas en el amor aludan al hecho de no ser “vistos”.


Desde esa perspectiva, ¿qué pasa con las relaciones entre los seres humanos bajo un sistema que considera la competencia como un estado de las cosas no sólo natural sino también deseable, al punto que ser "competitivo" constituye hoy una suerte de virtud, mucho más importante que ser honesto o solidario.

La verdad es que estamos inmersos en una especie de esquizofrenia, porque ciertamente el fundamento de lo humano y de lo social es el amor. Ello queda en evidencia al analizar lo que han sido los últimos 6 millones de años de historia evolutiva de la especie, donde lo central ha sido la experiencia acogedora y liberadora de la relación materno-infantil.

La competencia es entonces una distorsión que destruye la convivencia social. Atienda usted el hecho que, si a una persona le es arrebatada su cartera en la calle, surgirán básicamente dos palabras: primero, “ladrón”, que hace referencia a una acción; y luego, “antisocial”, lo que responde al hecho que lo social se funda en la confianza, algo que la competencia en cierto sentido anula.

¿Podemos realmente funcionar sin competencia?

Podemos perfectamente surgir en las emociones de colaboración y respeto mutuo en el presente a partir de nuestros deseos y acciones. Si un niño participa en una carrera con sus compañeros de colegio y la gana, puede contarlo en su casa de dos maneras: “Mamá: fui el mejor; o “Mamá: llegué primero”. Y la diferencia entre esas maneras es esencial.

Me parece muy interesante el hecho que aún existan espacios sociales que no necesariamente respondan a un enfoque de alianzas o acuerdos en función de algo puntual. Muchas veces se da en ellas una colaboración entre las personas que está fundada en una emoción abierta, motivados simplemente por el deseo y el placer de co-laborar; es decir, de hacer algo juntas.


Usted ha planteado que difícilmente los adultos de las actuales generaciones protagonizarán el cambio hacia una nueva cultura fundada en la colaboración entre las personas. ¿Cuáles son los caminos que usted visualiza en esa dirección?

El cambio desde una cultura de la competencia hacia otra de colaboración y cooperación sólo puede darse después que varias generaciones vivan y crezcan en ella como un estado natural. La colaboración no ocurre entre nosotros los adultos como una situación espontánea de la convivencia. De hecho, la deshonestidad es percibida en cierta medida como parte de las habilidades necesarias para la vida cotidiana en competencia.

Por lo mismo, el cambio precisa de una intención y de una acción nuestra en ese sentido; es decir, será el resultado de un hacer intencional que responda a un deseo de vivir en el respeto mutuo y la colaboración. Estamos ante una encrucijada histórica, puesto que, si realmente lo queremos, podemos pasar ya, como cultura, hacia una etapa de honestidad y colaboración.

26 enero, 2010

HOY QUIERO HABLARLES DE SHIRLEY TEMPLE

Santiago de Chile, 25 de Enero de 2010,  dónde sea que estés cumpliendo los años

Hoy quiero hablarles de una de esa mujeres que leían “Vanidades” y que no se perdían la columna de Isabel Allende en la revista “Paula” (si la memoria no me traiciona se llamaba “Civilice a su Troglodita”). Aunque no con la frecuencia que yo hubiese deseado (supongo que debido a que era bastante más cara que las otras revistas de su tipo) de vez en cuando llegaba con la “Cosmopolitan”, que no sólo rozaba temas bastante más audaces que las andanzas de la familia real de Mónaco y las predicciones anuales de los más reputados astrólogos, sino que tenía avisos de ropa interior femenina con modelos de carne y hueso, o más bien de papel y tinta, lo cual se agradecía profundamente a la hora de apretar el botón que aseguraba la privacidad del baño.



Hoy quiero hablarles de Shirley Temple brincando sin noción de cordura entre las cosas que brotan, las que caen y las que alguien simplemente deposita para siempre y para nunca en esa suerte de firmamento trasero que había en cada caserón de provincia, prodigios arquitectónicos que ya eran viejos antes de ser construidos.



Hoy quiero hablarles de mi pequeña Shirley forzada a servirse a su oveja “Chepa” como si fuese el budín de acelgas que tan bien le quedaba a la señora que cocinaba para la familia y de cómo fue que entonces, entre el día y los días, sus dos celestes lagunas comenzaron a padecer mareas, se poblaron de botes sin remos, de alas sin pájaro y de pájaros sin cielo.



Hoy quiero hablarles de cómo la “Chepa” y su rubia cómplice mantuvieron la venganza hasta el límite de sus eternidades, con una foto donde aparecen abrazadas; una con sus motas de cirro triste; la otra con su cabello de trigo ebrio de sol. De no mediar el hecho que fue tomado antes de la fotografía en colores, sería sólo un buen retrato en colores.



Hoy quiero hablarles de una mujer que hacía correr el agua para que nadie la escuchara llorar.



Quiero hablar de una mujer y de su cama; de esa secreta y cotidiana liturgia que llamábamos “hora del amor”, que no era nada y era todo; sólo escuchar en silencio un programa de radio sobre extraterrestres, líderes espirituales abducidos por platillos voladores y las virtudes indesmentibles de uno que otro producto de la farmacopea naturista.



Hoy quiero hablarles de una mujer que un día decidió no enmudecer más la grifería del lavamanos y extirparse de una vez al mandril ilustrado y vociferante que llamaba "marido".

Quiero hablarles de una mujer que se separó en tiempos en que "separada" arrastraba bastantes más sinónimos que hoy.

Quiero hablarles de una mujer que jamás pensó en hacer  revolución alguna ni entró triunfal en ciudades recién liberadas, pero que me habló de un país donde todo pertenecía a sólo catorce familias, donde era mal visto que las empleadas domésticas usaran cubierto o calzado.



Quiero hablar de una mujer que en los días de pólvora olvidaba cerrar el portón negro que daba al callejón e instalaba un cajón o un piso en el muro colindante a la embajada de Honduras o Costa Rica, no recuerdo bien.



Quiero hablarles de una mujer y de sus dos lagunas celestes, donde tal vez otro poeta no pudo resistir las deliciosas tentaciones de la luz y, como un niño en la orilla, sin vigilancia, arrojó guijarros al agua silente para de algún modo perpetuar el trayecto obsesivo de los círculos concéntricos, uno de los juegos más hermosos a que juega la materia.

Quiero hablar de una mujer que terminó la escuela después de los cincuenta.



Quiero hablar de una mujer que a veces, en verano, me hacía salir de casa hasta cierta hora porque iba a hacer el amor con el sol, cerca de un cerro enano en cuya cima vivía un pino, aunque esto podría ser un sueño.

Quiero hablarles de una mujer que jamás me habló de sexo, pero que introdujo subrepticiamente en mi mochila unas sábanas blancas de dos plazas la primera vez que viajé la playa con mi novia.

Sólo quería hablarles de lo que quería hablarles.



Sólo quería hablarles de Shirley Temple.




18 enero, 2010

PARECE QUE OTRA VEZ NOS TOCA


Esta mañana yo quería escribir y publicar algo que ayudara a levantar el ánimo, algo sobre la imperiosa necesidad de recuperar esa imprudente inocencia que hace sólo un breve infinito nos permitió ser ridículamente dichosos y dichosas, en medio de la más absoluta precariedad existencial y material.

¿Se podrá ser más feliz que luchando por algo que se considera más importante que uno mismo?

Esta mañana, cuando se negó a acatar mis órdenes y permaneció amurrado por horas, descubrí que gran parte del universo en el que supongo existir está fundado a partir del índice de la mano derecha, algo así como el “intelectual” del lote, con su oficio de escriba y su prestigio de infatigable explorador.

Mi dedo índice es como una metáfora de mí mismo: adora recorrer abismos y cavidades (y particularmente las cavidades que son abismos); es multifuncional; tiene un carácter de los mil demonios. Además, tal como me sucede en la oficina, hace el noventa y nueve por ciento del trabajo, mientras el vecino alcanza niveles de genialidad en el arte de simular estar sumamente ocupado, sin jamás dejar rastro alguno que delate que en ese escritorio alguien alguna vez hizo algo.



Lo que yo propongo es volver a ser felices, es volver a luchar, es volver a vivir.

Nadie sabe de esto más que nosotros.

 

Parece que otra vez nos toca.

 

¡Qué bueno!

10 diciembre, 2009

TEOREMA II (Línea Recta)

Fotografía: "Horizonte", Marco Vinicio Garzon, Ecuador

Al final 
de toda línea recta
siempre hay
un horizonte
que llora

01 agosto, 2007

CHILE ESTA MURIENDO DE SOLEDAD


La soledad
es un pájaro grande multicolor
que ya no tiene alas para volar
y cada nuevo intento da más
dolor
(Pablo Milanés
)

Acabo de leer en el periódico que alguien extrajo su teléfono móvil a una persona recién fallecida en un accidente de tránsito. No logro asombrarme demasiado.

Es mentira. Todo lo han adornado con palabras cuya asepsia de quirófano no es más que otro renunciar a ver, a sentir, a palpar, a oler, a morder. Lentamente, nos hemos ido dejando arrancar los ojos, los oídos, la nariz, los tactos y los espejos, esos que antes nos permitían reconocernos en los demás.

La sociedad está pegada con goma de mascar masticada, por no decir con moco. Cualquiera se puede caer en cualquier momento. La probabilidad de que nadie haga nada por nadie es mucho mayor que la esperanza de recibir solidaridad, esa anónima ternura que hace que nuestro paso por la vida sea cierto, humano, al alcance, comprensible.

No es sólo una pobreza inexcusable a estas alturas de la historia. No es tan sólo una distribución del ingreso que aliviaría la conciencia a cualquier gobernante africano; no es el conjunto de establos que llaman escuelas; no es la incertidumbre de si uno se podrá enfermar o morir como perro o como ser humano. No son nuestros millones de viejas y viejos sobreviviendo un mes entero con lo que otros gastan en una buena cena fuera de casa. Es y no es.

Es la soledad, la soledad por todas partes, la soledad en todas partes.

El ordenamiento social sustentado en la desconfianza y el desamor está en la raíz de esta situación. Lo mismo se puede decir de un modelo económico que nadie ha tenido el valor de arrojar a ese noble artefacto de loza donde va a parar la mierda. ¿Realmente alguien en su sano juicio puede pretender, con un mínimo de seriedad -o de humanidad-, que un sistema de "todos contra todos" pueda constituir un entorno propicio para respirar, amar, crecer?.

Es una fantasía, una fantasía demencial diseñada por un grupo de locos que si no tuvieran tanto poder serían vendedores ambulantes, botilleros o promotores de la tarjeta de crédito de alguna multitienda. Al final, ni siquiera los que parece que van ganando van ganando en realidad. Todos perdemos.

El edificio en que vivo actualmente fue construido a comienzos de la década de los setenta. La mayoría de quienes lo habitan son personas mayores que perdieron a sus parejas. Hoy ven televisión, pasean perros y, quizás cuando se dan cuenta que llevan viarios días sin hablar con otro ser humano, procuran entablar un diálogo con cuanta alma toma el elevador. Así uno se entera de todas las hazañas y padecimientos de sus mascotas.

Conozco gente que llama todos los días a los servicios telefónicos de sus bancos para escuchar una voz parecida a la humana, aunque saben que se trata de una grabación. Otros se afanan obsesivamente en tejer una red de socialización vicaria a través del mundo de los famosos chat, de las líneas telefónicas de la amistad, de los sistemas de mensajería en línea, de los foros virtuales. Son verdaderos archipiélagos, en cada una de cuyas islotes habita un solo ser humano.

Yo no sé si es la mayoría de la población o sólo un porcentaje. Ignoro si es factible de cuantificar; pero es evidente que el principal problema de la sociedad chilena es la soledad, ese pulpo de infinitos tentáculos que nos tiene a todos atrapados en el fondo de un mar de caca.

¿Qué es la pobreza sino la expresión material de la soledad, del abandono?

Claro, porque existen muchas soledades y abandonos individuales, pero también existe la soledad colectiva, como la de los pobres, los jóvenes, los viejos, los pueblos originarios, los enfermos, las mujeres, los niños, los desempleados, los discapacitados, las minorías sexuales, los hombres, los extranjeros, los trabajadores. Nos hemos abandonado unos a otros, lentamente, sin darnos cuenta.

Chile se está muriendo, está agonizando, está muriendo de soledad. Es cosa de ver, es cosa de querer ver.